viernes, 29 de abril de 2011

Renacimiento

Jamás imaginé que todo terminaría así. La vida perfecta. El amor verdadero. Las promesas cumplidas y los sueños en común. ¿En qué momento se nos escapó de las manos? A veces pienso que el sentimiento era tan grande que no nos cupo en el cuerpo. Quizás sólo hubo amor de una sola parte, pero de nada vale torturarse en este momento. Al final, todo se acabó.

Siento que tengo el mundo a mis pies, pero ¿qué es el mundo sin ti? Se que no debo pensar así, que soy una mujer independiente, fuerte y luchadora, pero mi vida no es la misma. No tengo mi hogar, mis sueños, ni siquiera los frutos que cultivé. ¿Dónde está todo? No entiendo. Lo que menos puedo comprender es que otras personas estén satisfechas al robarse mi felicidad.

Mil libros de autoayuda, consultas psicológicas y consejos de mis amigas no fueron suficientes para olvidarte. ¿Decepción? Sí, muchísima, pero es bueno sentirla porque poco a poco va borrando cualquier trazo de amor, cualquier trazo de esperanza,  remendando mi maltrecho corazón.

Ya no quiero recordarte, no quiero hablar ni pensar más en ti. Entendí que tu amor ya no me pertenece, que tus sueños no son conmigo, que tu risa no es mi mejor medicina, que tus brazos no volverán a estar allí para abrazarme ni protegerme.

Hoy se que soy libre. Puedo ver que estoy viva, que respiro, que duermo tranquila y despierto llena de energía para emprender un nuevo día, agradeciéndole a Dios por su infinito amor y por no dejarme caer. Hoy me siento plena, una mujer completa, liberada de tantos yugos que la ataban en nombre del amor y que sólo laceraban su alma.