Como dos almas que se reencontraron después de varios siglos, Valeria y Ángel comenzaron su inexplicable historia de amor. Ella, una tranquila y comprometida arquitecta, no dejaba de pensar en él mientras veía la lluvia a través de las ventanas de su oficina. Él, un bohemio y enigmático escritor, trazaba líneas en un viejo block, tratando de dibujarla con sus palabras.
Jamás imaginaron encontrarse, no saben si fue cosa del destino, si fue Dios o si fueron sus almas desbocadas las que propiciaron este encuentro, lo único que sabían es que nunca más volverían a separarse. Mucho más allá del contacto físico, sus mentes, sus corazones, sus espíritus, estaban conectados de manera única. Sus vidas entrelazadas, se complementaban a pesar de sus otras realidades.
La correspondencia entre ellos era perfecta. Ángel la amaba sin pretensiones, eternamente, ella era suya, completamente suya, aunque otra piel la poseyera o la tocara. Para Valeria, él era su mundo, su sonrisa matutina, su rayito de luz al amanecer, la brisa fresca vespertina, la pasión del anochecer, la locura.
Cuando sus cuerpos comulgaban, el mundo se detenía, no existía nada más. Sus besos eran como el elixir más dulce y embriagante que podían saborear, sus pieles se fundían en una sola, eran volcanes que se confundían entre lavas ardientes, quemándose, arrasándose hasta quedar reducidos a unos cuerpos sin almas, porque ellas volaban libres y danzaban en otros espacios, más allá de la vida.
Hoy, un día común, como tantos que les tocaba vivir individualmente, era un reclamo a tanto amor. Era un insulto a tanta pasión. ¿Cómo era posible, que viviendo en el mismo mundo pudiesen estar separados? ¿Separados? No, jamás lo estarían. Ella impulsivamente marcó su número de teléfono con la esperanza de que él estuviese del otro lado.
- ¡Aló!- Exclamó Ángel a través del hilo telefónico
- Hola- Saludó Valeria, mientras se desbocaba su corazón.
En ese instante, el universo se detuvo, la pasión se desbordó y se unieron más allá de la distancia, que nunca los separó, sino que sólo los castigaba, para que el amor que sentían doliera más y fuese más intenso.
- Te deseo- expresó Ángel con voz ronca y enloquecedoramente excitante- Quiero hacerte el amor, quiero besarte. Te estaba pensando y es imposible que mi cuerpo no reaccione como lo hace. Te quiero aquí para disfrutar de tu boca, de tu piel.
- Mi amor, a mi me pasa lo mismo - susurró Valeria - No hago más que pensar en ti. Quiero sentirte, quiero que tus manos me quemen, quiero ser tuya una y otra vez, siempre. Tuya para siempre y por siempre. ¿Recuerdas?
- Sí mi princesa. ¿Sabes que estaba recordando? Cuando pinté tu piel, cuando te llené de mariposas. Cuando tu flor más hermosa se dispuso para mi, para que yo la moldeara a mi gusto, para que fuese feliz sólo conmigo, cuando dejé en ella huellas imborrables.
- ¡Dios! Ese momento fue único. Tus manos recorriendo mi capullito, abriendo mis alas y poseyéndome. Tus ojos quemándome la piel, tu aliento dándole vida a mis poros. ¡Te amo! Quiero verte. Mi piel te reclama, te necesito.
Y una vez más, sus cuerpos se reencontraron y se amaron más allá de la piel. Las brasas de la pasión los consumieron. La plenitud los envolvió haciendo que este momento fuese igual de sublime que su primer encuentro. Valeria y Ángel sabían que este amor, esta pasión y comunión perfecta sería para siempre, incluso venciendo la muerte.
