Era un poco más de las nueve de la mañana cuando comenzaron a llegar las primeras personas. La enorme tarima ya estaba instalada, con sus cajas oscuras y estridentes a cada lado de sus tablas. Por la gran avenida no transitaban los desesperados automóviles, ni se podía aspirar el contaminado aire que diariamente tosen.
Tampoco se escuchaban los molestos sonidos de los motores viejos. Ahora los oídos eran lastimados por las chillonas y desafinadas cornetas, propias de la impaciencia.
Al mediodía el calor era insoportable. El hambre y la sed eran los huéspedes puntuales de cada uno de los que allí se encontraban, un perrocalentero era el salvador, el postre, un granizado de tamarindo, acompañados, por supuesto, de una música alegre.
La tarde transcurrió rápidamente y en un abrir y cerrar de ojos ya eran las tres. Una tormenta de artistas, periodistas, vendedores, militantes políticos, curiosos y un sin fin de personas más, cayeron sobre el lugar.
La mezcla de ritmos permitía la presencia de gente variada, desde el chamo que se recargaba con la "gasolina" hasta el abuelo que evocaba los "techos de cartón", de su añorada juventud, pasando por la dama que "enfurecida" zapateaba en el concreto de la plaza.
En medio de la fiesta, a eso de la siete, llegó la estrella que todos esperaban. Con su cabello recién peinado, bien perfumadito y con su camisita de siempre. No fue a cantar ni a bailar como los demás, pero sí declamó sus planes de gobierno y sus promesas, claro, acompañado de su gran amigo de campaña.
Poco a poco el cansancio invadió al público, pero Dios estaba de parte del invitado de honor y como regalo especial, cayeron unas pequeñas gotas que refrescaron a todos. El gran espectáculo llegó a su fin, la noticia estaba lista, el sueño los vencerá y ayudará a reponer las fuerzas, porque mañana, en el mismo lugar, estará otro invitado.
Quizás no lo acompañarán los mismos cantantes ni público, pero sí los mismos periodistas, perrero, vendedores de granizados y hasta el discjockey. La diferencia principal será el tono de voz para hacer la declamación y por supuesto el discurso, aunque el propósito será el mismo: continuar con una exitosa campaña y obtener votos para la próxima contienda electoral.
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