lunes, 1 de septiembre de 2008

La desesperación de mi encuentro


El viaje fue largo, pero no me sentía cansada. No se si fue por la pequeña siesta que tomé durante el vuelo o porque estaba ansiosa de volver a casa. Desde el momento que aterrizó el avión comenzó mi inquietud. Cuando entré al terminal aeroportuario comencé a buscarlo, no logré verlo por ningún lado.


Quizás, en mi terrible desespero no logré distinguirlo entre la avalancha de personas que venían hacia mí. Decidí no esforzarme en vano y me paré cerca de una colorida tienda, que sin duda alguna atrapaba la atención de cualquiera que pasara por el frente.

Las horas pasaron como veloces rayos. Definitivamente, él no iba a llegar. Abordé un taxi, mi única esperanza era encontrarlo en nuestra acogedora casa.

Durante el trayecto, el conductor, que por cierto se parecía a Bart Simpson, me miraba con curiosidad. Por supuesto que lo ignoré, no quería pagar mi mal humor ni mi tristeza con él. Por eso me limité a mirar por la ventanilla del auto. Parece increíble, pero por primera vez pude notar lo hermosa que era la ciudad.

Estaba maravillada de los enormes edificios, de las aceras llenas de gente multicolor, además de la belleza verde que la adornaba. Sólo en ese instante, me di cuenta que la metrópolis no era sólo concreto sino que era vida.

Por fin desperté de mi letargo. Había llegado a la familiar fachada blanca, cargada de jazmines y lirios. Nada había cambiado. A pesar de los cinco años que permanecí alejada de ella, continuaba igual, por lo menos así lo percibí.

De pronto me percaté de que él estaba allí. Mi corazón comenzó a galopar como un potro salvaje. Lo observé un poco más delgado y con unos años encima, se nota que no pasan en vano, pero conservaba su misma mirada, triste pero llena de amor.

Me abalancé en sus brazos y pude percibir su inconfundible olor. Esta vez nada nos volvería a separar. En ese pequeño instante sentí toda la fuerza de su pasión y la confirmación de un amor que jamás sucumbiría a la monotonía ni a la costumbre.

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