viernes, 5 de septiembre de 2008

El Corazón Púrpura


Fue hace muchos años. Miguel era un joven latino que serviría en Vietnam. Pensaba que su participación en esa guerra era en vano, pero necesitaba obtener la admiración de su padre y la defensa de un honor, que según sus propias palabras, jamás le sirvió de nada.

Lo único que le dejó esa estúpida guerra fue una profunda herida emocional, un Corazón Púrpura y un sin fin de recuerdos. Una de las constantes imágenes que siempre llegaba a su memoria era que jamás se separaba de su Polaroid, su magnifica cámara fotográfica instantánea, una maravilla para la época y que se convirtió en su única distracción durante su participación bélica.

Un día, en la taberna de Yon - Kow, estaba con sus compañeros tomándose una cerveza y conversando alegremente. Peter, su compañero de litera, no paraba de contar las travesuras que hacía cuando era niño. Las risas estremecían el lugar, cuando de pronto, se escuchó una explosión y encendió la cámara.

Todo fue muy rápido. Los soldados permanecían en el suelo. Richard, uno de ellos, fue el primero en hablar: "El escenario - tragó saliva- la bai... la baila... la bailari..na - tartamudeó, mientras señaló los restos de sangre en el piso. La escena era terrible, pero los comentarios de sus otros compañeros fueron peores.

"Se lo merece. Esa perra vietnamita no quizo revolcarse conmigo anoche", profirió Jhon. "Contigo sí. ¿Verdad Miguel?. El joven no respondió, le dio un golpe a la mesa y se marchó. Hoy, después de tantos años, le duele evocar el recuerdo de Yumitzu, la hermosa bailarina que horas antes de su muerte le había dado la mejor noticia de su vida: estaba esperando un hijo suyo.

Miguel ya no puede llorar, aprendió a vivir con sus profundas cicatrices y con el mayor reconocimiento que le pudo hacer Estados Unidos por participar en esa inútil guerra: un Corazón Púrpura, que le recordaba no sólo sus heridas físicas, sino también las de su propio corazón.

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