miércoles, 3 de septiembre de 2008

El viaje hacia el amor


El mundo en el que vivimos es un verdadero desastre. Nos movemos a un ritmo tan acelerado que pareciera que 24 horas no fueran suficientes para un día. Todos estamos caotizados y Ernesto no escapa de esta absurda realidad.


La vida de este hombre giraba alrededor de su trabajo y hoy, precisamente hoy, iba a llegar tarde. Salió de su casa a medio peinar y no tomó su acostumbrada taza de café. Bajó las escaleras de su edificio de una manera apresurada y corrió a la parada de autobuses porque su automóvil estaba en el taller: no había dudas, sucedió una ruptura en su intachable rutina.

Las horas parecían correr veloces. Las 8 y 30 y todavía no había abordado ningún transporte. No podía darse el lujo de llegar tarde, así que tomó una mototaxi para no perder más tiempo. Por fin llegó a la macro estructura empresarial: las 9, se había retrasado 30 minutos.

Marcó instintivamente su tarjeta y se dispuso a subir en el ascensor. Por suerte no existía ninguna fila para entrar. Suspiró. Cuando pasó pulsó el botón con el número 16 y rogó para que no se parara en ningún otro piso.

Sus plegarias no fueron escuchadas y precisamente en el piso 15, entró una mujer. Los segundos parecían horas, sólo faltaba un piso y no terminaba de llegar. Cuando por fin se detuvo en su destino, las puertas del ascensor no abrieron.

La angustia se apoderó de Ernesto. El pobre hombre comenzó a sudar copiosamente, no podía evitar el temblor de sus húmedas manos. El tiempo pasaba muy lentamente. "¿Y si anochece: qué haré?, se preguntó mentalmente.

La fémina, al ver la exagerada reacción de su acompañante quizo seguirle el juego y comenzó a gritar histéricamente. En el fondo también estaba nerviosa y tenía la esperanza de que alguien pudiera escucharla desde afuera. Fue inútil. Ahora los dos sudaban.

Cuando parecía que nada podía ser peor se apagó la luz. Ernesto no pudo contenerse y comenzó a reirse como un demente. La mujer pensó que estaba enloqueciendo y en un esfuerzo por tranquilizarlo, golpeó cada una de sus mejillas, claro que él reaccionó, por lo menos dejó de reir.

Sin embargo, la respuesta no fue la esperada, porque el hombre, sin pedir permiso alguno, la tomó entre sus brazos y la beso fugazmente. Ambos sintieron un desagradable vacío en el estómago, pero no fue por el ósculo, sino por la velocidad a la que descendía el elevador.

Los dos pensaron que ese sería el final. Ya no tendrían que preocuparse por llegar tarde, pero de manera inesperada el ascensor se detuvo en el tercer piso y abrió sus puertas. En ese instante la miró y expresó: ¡Dios, que hermosa eres!

Luego de su inexplicable frase, miró el reloj, las 9 y 10 de la mañana. Se echó a reir divertidamente, ahora tendría que subir por las escaleras. No le importó. Al menos estaba vivo y, sin pensarlo mucho, Laura sería su nueva asistente ejecutiva.

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