Muchas veces he caminado por los alegres pasillos de la mayor casa de estudios de Venezuela. Curiosamente, jamás me he cansado. No se si es porque puedo respirar un poco de aire puro o porque me despojo de la pesada carga emocional que llevo a cuestas.
En este recinto podemos estar en el aire, pues Carlos Raúl, su padre, la creó de tal manera que su estructura de concreto levita. Supo fusionar lo material con lo natural, haciéndonos sentir que somos parte de ella.
Cuando entramos a su corazón, nos encontramos con una hermosa vista de una tierra que no pertenece a nadie, llena de gente multicolor. ¡Oh, las doce! Así lo indica desde su cima, mi querido amigo del rectorado.
Por otro lado, nos tropezamos con el lugar más apartado del mundo, lleno de vida, con un cielo artísticamente cargado de nubes y de magia.En ese lugar se refugian muchos gratos recuerdos. ¿Qué habrá sentido Fidel? Su rostro reflejaba comodidad y sus seis horas de discurso así lo demostraron.
Salimos de un lugar para entrar en otro, no menos mágico. Las piedras con jeroglíficos y las esculturas indígenas nos hacen recordar a nuestros antepasados. Sus paredes, color madera, producen una maravillosa sensación que hasta podemos percibir un olor a tierra. El silencio, que en otros lugares puede ser ensordecedor, aquí es melodioso.
El exterior está lleno de colores, incluyendo el verde de las plantas, hay mucha vida y hasta psicodelia. Lo que nos hace sentir que el tiempo no transcurre y que continuamos en la época de los hippies, donde lo importante continúa siendo la paz y el amor.
Por último, no podemos olvidar uno de los lugares más especiales de nuestro segundo hogar, donde nos reunimos para compartir el desayuno, almuerzo o cena. Pero esto no es lo más importante, sino el inmenso tesoro de sabiduría que nos heredó a cada uno de los que tuvimos el honor de ser parte de ella.

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