Como dos almas que se reencontraron después de varios siglos, Valeria y Ángel comenzaron su inexplicable historia de amor. Ella, una tranquila y comprometida arquitecta, no dejaba de pensar en él mientras veía la lluvia a través de las ventanas de su oficina. Él, un bohemio y enigmático escritor, trazaba líneas en un viejo block, tratando de dibujarla con sus palabras.
Jamás imaginaron encontrarse, no saben si fue cosa del destino, si fue Dios o si fueron sus almas desbocadas las que propiciaron este encuentro, lo único que sabían es que nunca más volverían a separarse. Mucho más allá del contacto físico, sus mentes, sus corazones, sus espíritus, estaban conectados de manera única. Sus vidas entrelazadas, se complementaban a pesar de sus otras realidades.
La correspondencia entre ellos era perfecta. Ángel la amaba sin pretensiones, eternamente, ella era suya, completamente suya, aunque otra piel la poseyera o la tocara. Para Valeria, él era su mundo, su sonrisa matutina, su rayito de luz al amanecer, la brisa fresca vespertina, la pasión del anochecer, la locura.
Cuando sus cuerpos comulgaban, el mundo se detenía, no existía nada más. Sus besos eran como el elixir más dulce y embriagante que podían saborear, sus pieles se fundían en una sola, eran volcanes que se confundían entre lavas ardientes, quemándose, arrasándose hasta quedar reducidos a unos cuerpos sin almas, porque ellas volaban libres y danzaban en otros espacios, más allá de la vida.
Hoy, un día común, como tantos que les tocaba vivir individualmente, era un reclamo a tanto amor. Era un insulto a tanta pasión. ¿Cómo era posible, que viviendo en el mismo mundo pudiesen estar separados? ¿Separados? No, jamás lo estarían. Ella impulsivamente marcó su número de teléfono con la esperanza de que él estuviese del otro lado.
- ¡Aló!- Exclamó Ángel a través del hilo telefónico
- Hola- Saludó Valeria, mientras se desbocaba su corazón.
En ese instante, el universo se detuvo, la pasión se desbordó y se unieron más allá de la distancia, que nunca los separó, sino que sólo los castigaba, para que el amor que sentían doliera más y fuese más intenso.
- Te deseo- expresó Ángel con voz ronca y enloquecedoramente excitante- Quiero hacerte el amor, quiero besarte. Te estaba pensando y es imposible que mi cuerpo no reaccione como lo hace. Te quiero aquí para disfrutar de tu boca, de tu piel.
- Mi amor, a mi me pasa lo mismo - susurró Valeria - No hago más que pensar en ti. Quiero sentirte, quiero que tus manos me quemen, quiero ser tuya una y otra vez, siempre. Tuya para siempre y por siempre. ¿Recuerdas?
- Sí mi princesa. ¿Sabes que estaba recordando? Cuando pinté tu piel, cuando te llené de mariposas. Cuando tu flor más hermosa se dispuso para mi, para que yo la moldeara a mi gusto, para que fuese feliz sólo conmigo, cuando dejé en ella huellas imborrables.
- ¡Dios! Ese momento fue único. Tus manos recorriendo mi capullito, abriendo mis alas y poseyéndome. Tus ojos quemándome la piel, tu aliento dándole vida a mis poros. ¡Te amo! Quiero verte. Mi piel te reclama, te necesito.
Y una vez más, sus cuerpos se reencontraron y se amaron más allá de la piel. Las brasas de la pasión los consumieron. La plenitud los envolvió haciendo que este momento fuese igual de sublime que su primer encuentro. Valeria y Ángel sabían que este amor, esta pasión y comunión perfecta sería para siempre, incluso venciendo la muerte.
Mis cuentos de locura
En este site podrá sumergirse en un mundo creado por mí, donde la imaginación será el escape perfecto de la rutina.
domingo, 12 de mayo de 2013
miércoles, 13 de marzo de 2013
Pio Tequiche para mi querido padre
Hoy quiero escribir de ti papito lindo, de tus enseñanzas, de tu inmenso amor, de la falta que me sigues haciendo después de 13 años, tiempo en el que cada día te dedico un pensamiento y un te amo, porque se que algún día volveré a estar a tu lado.
Siempre recuerdo tus manos impecables, cuidadas, grandes pero finas, muy hermosas, yo decía que "parecían de médico" y mi hermano las heredó de ti, mientras que las mías siguen siendo redonditas, gorditas, igualitas a la de mi abuelito, tu padre. Hermosos recuerdos, ya no soy catirrucia como en mi infancia pero sí la misma lengua e' trapo de siempre.
"Mi apá, mi chamo, mi viejito guapetón", porque eras admirado por todas las mujeres y yo orgullosa de ser tu hija, pero también tu novia: ¡Qué nadie mire a mi papito que yo soy muy celosa! ¡Ay padre mío, cuánto quisiera que me abrazaras fuerte, que me dijeras qué hacer en los momentos difíciles! Ahora debo esperar encontrarte en sueños, donde puedo hablarte, tocarte, abrazarte y besarte.
¿Cómo olvidarte? No quiero hacerlo. Eras mi amigo, mi confidente. Me enseñaste el amor por la lectura, a ser honesta siempre y a decir la verdad. Las malas palabras nunca estuvieron en nuestras conversaciones, no existían y así me educaste, siempre respetuoso, amable y sobre todo con los más altos valores de lealtad.
Amante de la música como nadie. Cada canción de Pedro Infante, Los Ángeles Negros, Reinaldo Armas, Simón Díaz y Alí Primera evocan maravillosos recuerdos. Una vez en la universidad logré comprar el "cassette" que te faltaba del "Cantor del Pueblo", cómo te pusiste contento porque allí estaba "Pio Tequiche", bella melodía que nos hacía sentir a mi isla amada. Ahora quiero dedicártela.
¡Bendición apá! Espero que te guste mi regalo.
Pio Tequiche
Alí Primera
Margarita, a la Virgen no se quiere sólo con perlas
Margarita, se busca en la madrugada la pesca buena
Margarita, se va quedando sin garzas tu lagunita
refranera: se comen los tiburones a las sardinas
Ya no visitan al Morro
al Tirano no visitan
buscan las cosas de afuera
no cosas de Margarita
Tetas de María Guevara 'compai'
amamantan la esperanza por ahí
de un tejedor de tristezas del mar
cuando vio a Pedro González llorar (bis)
No despiertes, Pío Tequiche
que se te muere el galerón
que la callecita aquella
que se llenaba de risas
al pasar frente a una escuela
hoy, hoy se escuchan gritos viejos
pasa frente a una prisión
No despiertes Pío Tequiche
que se te muere el galerón
me duele que a Margarita
le zonifiquen su pecho
pa' franqueza, pa' franqueza la del 'ñero'
no me vayan a decir
que tiendas con nombres 'chic'
son el progreso de un pueblo
Duty free shop, re-free tax shop
No despiertes Pío Tequiche
que se te muere el galerón
¿Dónde fueron Pío Tequiche
tus empanadas de cazón?
Re-free tax shop, duty free shop
viernes, 29 de abril de 2011
Renacimiento
Jamás imaginé que todo terminaría así. La vida perfecta. El amor verdadero. Las promesas cumplidas y los sueños en común. ¿En qué momento se nos escapó de las manos? A veces pienso que el sentimiento era tan grande que no nos cupo en el cuerpo. Quizás sólo hubo amor de una sola parte, pero de nada vale torturarse en este momento. Al final, todo se acabó.
Siento que tengo el mundo a mis pies, pero ¿qué es el mundo sin ti? Se que no debo pensar así, que soy una mujer independiente, fuerte y luchadora, pero mi vida no es la misma. No tengo mi hogar, mis sueños, ni siquiera los frutos que cultivé. ¿Dónde está todo? No entiendo. Lo que menos puedo comprender es que otras personas estén satisfechas al robarse mi felicidad.
Mil libros de autoayuda, consultas psicológicas y consejos de mis amigas no fueron suficientes para olvidarte. ¿Decepción? Sí, muchísima, pero es bueno sentirla porque poco a poco va borrando cualquier trazo de amor, cualquier trazo de esperanza, remendando mi maltrecho corazón.
Ya no quiero recordarte, no quiero hablar ni pensar más en ti. Entendí que tu amor ya no me pertenece, que tus sueños no son conmigo, que tu risa no es mi mejor medicina, que tus brazos no volverán a estar allí para abrazarme ni protegerme.
Hoy se que soy libre. Puedo ver que estoy viva, que respiro, que duermo tranquila y despierto llena de energía para emprender un nuevo día, agradeciéndole a Dios por su infinito amor y por no dejarme caer. Hoy me siento plena, una mujer completa, liberada de tantos yugos que la ataban en nombre del amor y que sólo laceraban su alma.
lunes, 15 de septiembre de 2008
La magia del segundo hogar
Muchas veces he caminado por los alegres pasillos de la mayor casa de estudios de Venezuela. Curiosamente, jamás me he cansado. No se si es porque puedo respirar un poco de aire puro o porque me despojo de la pesada carga emocional que llevo a cuestas.
En este recinto podemos estar en el aire, pues Carlos Raúl, su padre, la creó de tal manera que su estructura de concreto levita. Supo fusionar lo material con lo natural, haciéndonos sentir que somos parte de ella.
Cuando entramos a su corazón, nos encontramos con una hermosa vista de una tierra que no pertenece a nadie, llena de gente multicolor. ¡Oh, las doce! Así lo indica desde su cima, mi querido amigo del rectorado.
Por otro lado, nos tropezamos con el lugar más apartado del mundo, lleno de vida, con un cielo artísticamente cargado de nubes y de magia.En ese lugar se refugian muchos gratos recuerdos. ¿Qué habrá sentido Fidel? Su rostro reflejaba comodidad y sus seis horas de discurso así lo demostraron.
Salimos de un lugar para entrar en otro, no menos mágico. Las piedras con jeroglíficos y las esculturas indígenas nos hacen recordar a nuestros antepasados. Sus paredes, color madera, producen una maravillosa sensación que hasta podemos percibir un olor a tierra. El silencio, que en otros lugares puede ser ensordecedor, aquí es melodioso.
El exterior está lleno de colores, incluyendo el verde de las plantas, hay mucha vida y hasta psicodelia. Lo que nos hace sentir que el tiempo no transcurre y que continuamos en la época de los hippies, donde lo importante continúa siendo la paz y el amor.
Por último, no podemos olvidar uno de los lugares más especiales de nuestro segundo hogar, donde nos reunimos para compartir el desayuno, almuerzo o cena. Pero esto no es lo más importante, sino el inmenso tesoro de sabiduría que nos heredó a cada uno de los que tuvimos el honor de ser parte de ella.
miércoles, 10 de septiembre de 2008
El esposo perfecto
Era un experto en homicidios, pero eso no le impidió sorprenderse al observar el cádaver en la biblioteca. La víctima tenía aproximadamente dieciocho años, de tez blanca y cabellos rubios. Vestía un atuendo bastante atrevido y llevaba un maquillaje exagerado.
Presentaba hematomas en varias partes del cuerpo, aparte de la gran cantidad de heridas ocasionadas por un puñal. Todo indicaba que había sido violada, especialmente por las rasgaduras en su vestido, pero no fue así. Las pruebas forenses no señalaron ningún contacto sexual.
El inspector se llamaba Jorge Martínez, como estaba al mando de la investigación permanecería varios días en la escena del crimen. Al día siguiente se instaló en el despacho de la mansión. Desde allí interrogaría a todos y cada uno de los habitantes de la misteriosa casa.
Primero entrevistó al dueño: un señor con cara de bueno y de figura regordeta, de apariencia un poco descuidada para la posición económica que poseía.
- Pase adelante - le indicó el policía-. Tengo entendido que usted es el padre de la víctima. ¿Podría decirme si últimamente tenía una actitud extraña o la compañía especial de algún hombre?
- Realmente, no - contestó el interpelado, mientras acariciaba concienzudamente su barba-. Silvia siempre se comprotaba igual. Como una cualquiera. No es extraño que haya terminado así- agregó.
Siguieron muchos personajes, pasando por los sirvientes y huéspedes de la familia, pero ninguno arrojaba ninguna pista, peor aún, todos resultaban extremadamente sospechosos. las opiniones eran negativas. Parecía que hubiesen esperado lo ocurrido. La pobre muchacha no era apreciada por nadie, excepto por su marido.
Martínez sentía que a única persona confiable era el esposo, quizás porque acababa de regresar de Londres, después de dos años de ausencia. No podría ser el asesino, cuando llegó el vuelo su esposa ya estaba muerta. Sin embargo, una extraña nota en la alcoba de la pareja, lo hizo dudar:
"Silvia adelanté el viaje. Te espero en el lugar de siempre. No me falles"
Así que citó nuevamente al esposo para otra interrogación. Al entrar al despacho, el muchacho se notaba un poco nervioso. No obstante, miro fijamente al inspector y le preguntó:
- ¿Para que me quiere? ¿Acaso descubrió que soy el asesino?- tomó uno de los cigarrillos del escritorio y lo encendió. Luego de varias bocanadas de humo, observó nuevamente al policía y esbozó una extraña sonrisa.
- No tema. Sólo quería mostrarle esta nota - dijo el funcionario, al mismo tiempo que le entregaba el papel.
El joven no se mostró sorprendido. Al parecer sabía quien la había escrito.
- La escribí yo- señaló-. Pero no tiene importancia, se la entregué hace más de dos años, cuando regresé de mi penúltimo viaje - se paró lentamente de su asiento y colocó la carta sobre la mesa -. ¡Por más que investigue, nunca podrá comprobar que soy el asesino! - exclamó y luego se marchó de la habitación.
Pasaron varias semanas. El inspector una vez más resolvió el caso. El esclarecimiento del crimen se publicó en todos los periódicos de la ciudad:
"Mujer con tres meses de gestación es asesinada por su esposo"
martes, 9 de septiembre de 2008
El reencuentro
Julio se sentó en la barra. Cada vez que se sentía solo, lo cual era regular, acudía a la misma taberna. Fijó los ojos en una mesa que estaba justo al frente. Desde que frecuentaba el lugar, era la primera vez que veía a una mujer tan hermosa.
- Buenas noches, bella dama. ¿Aceptaría un trago de este humilde y solitario caballero? - dijo Julio, tratando de parecer lo más cortés y simpático posible.
-¿Por qué no? - respondió la joven- Un poco de licor sería bueno para poner a tono mis sentidos - expresó mientras una maliciosa sonrisa se dibujaba en su rostro.
El hombre sonrió, en ese instante comprendió que no iba a estar solo, por lo menos por esa noche. Después de un par de horas de conversación y de varios tragos, tomó la mano de la fémina y le preguntó:
- ¿No te parece extraño? A pesar de que somos unos perfectos desconocidos nos entendemos muy bien.
- No, no es extraño. Llevo años buscándote y por fin te encontré - respondió la chica, tomó otro sorbo de vino y acarició la mejilla de él- . Sé que no me recuerdas, pero te demostraré que en tu vida no ha existido otra mujer, porque siempre he estado yo, aunque no lo quieras aceptar y te esfuerces en olvidarme, no has podido arrancarme de tu piel ni de tu corazón.
- Lo siento, creo que estás confundida. Jamás en mi vida te había visto - expresó Julio y sin poder evitarlo se echó a reir. Una serie de ideas invadieron su mente, pero no lograba entender nada. "Seguro está loca", pensó. Sin embargo, la situación le divertía y decidió seguirle el juego.
- Creo que empiezo a recordar. ¿Qué te parece si nos vamos a un lugar más tranquilo? - sugirió.
- No pienses que te estoy tomando el pelo - expresó la dama como si adivinara sus pensamientos- . Te aseguro que es la situación más seria que has vivido en toda tu existencia y sí, vayamos a un lugar donde podamos amarnos y allí te demostraré que no miento.
- Acepto el reto - . Expresó el caballero- . Además, brindo por eso - alzó su copa y luego la inclinó sobre sus labios para disfrutar del delicioso elixir.
A la mañana siguiente, el sol lastimaba fuertemente sus ojos. Julio estiró sus brazos y bostezó. Miró complacido que ella continuaba a su lado. Besó cariñosamente su frente y le dijo:
- Tenías razón Eleonora. Traté de borrarte de mi mente, incluso logré olvidar tu rostro, pero tus besos y caricias se quedaron tatuados en mi piel, mi cuerpo te reconoció al instante.
-Sshh, no digas nada - manifestó mientras posaba su dedo índice en la boca de él-. Sólo disfruta de este amor. Te aseguro que esta vez es para siempre - susurró, al mismo tiempo que besó ardientemente sus labios.
Para siempre- confirmó Julio, dejándose envolver por las alas del amor-. Para siempre.
domingo, 7 de septiembre de 2008
Murió el amor
Era la primera vez que llovía tanto en la ciudad. El viento gritaba fuertemente su furia. Los pocos árboles que habían, no dejaban de tambalearse. Ricardo, sólo tenía deseos de llegar a su hogar. Después de media hora, de tráfico intenso, lo logró.
Al pasar a su casa sintió que la tormenta no era afuera sino adentro. Caminó hacia la alcoba y allí la encontró, tendida sobre la cama, sin su habitual sonrisa. Algo le sucedía y mostrándose bastante preocupado, le preguntó:
- Victoria ¿Te sientes mal? Estás muy extraña, como ausente.
Ella, de manera muy calmada, le respondió:
- ¿Ausente? ¿Es que acaso no te has dado cuenta? Lo nuestro es imposible - dijo, mientras se ponía de pie.
La cabeza de Ricardo parecía que iba a estallar. Estaba confundido, todo le daba vueltas.
- No comprendo. Siempre nos hemos amado -la tomó fuertemente por los brazos - ¿En qué te he fallado? ¡Respóndeme! - gritó, a la vez que la sacudía enérgicamente.
- En nada- respondió con una tranquilidad que estremecía- Sólo comprendí que el "nosotros" no existe, no soy lo que tú esperabas. De ahora en adelante, ya nada será igual.
- Pero - titubeó Ricardo, al mismo tiempo que se enjugaba las lágrimas con su pañuelo- ¡Yo te amo! ¡No puedes hacerme esto! ¡No lo permitiré!
Victoria se dirigió al pequeño bar que había en la habitación y sirvió dos tragos de whisky. Le entregó uno al ofuscado hombre y tomó un sorbo del suyo.
- Tranquilízate. Ambos somos culpables. Con el tiempo nos fuimos convirtiendo en los criminales del amor. Ahora es tarde, nuestro tiempo terminó. Lo siento.
La mujer se dirigió hacia la sala y a los pocos segundos, Ricardo sintió un portazo que indicaba que Victoria no sólo se había marchado de la casa, sino también de su vida.
- ¡Vicky! - gritó en vano. Casi al instante, comprendió que ya nada podía hacer. Eran demasiado distintos para permanecer juntos.
- Murió el amor, murió el amor - repetía continuamente, con la mirada perdida y con las lágrimas resbalando por sus mejillas. - Murió el amor.
Al pasar a su casa sintió que la tormenta no era afuera sino adentro. Caminó hacia la alcoba y allí la encontró, tendida sobre la cama, sin su habitual sonrisa. Algo le sucedía y mostrándose bastante preocupado, le preguntó:
- Victoria ¿Te sientes mal? Estás muy extraña, como ausente.
Ella, de manera muy calmada, le respondió:
- ¿Ausente? ¿Es que acaso no te has dado cuenta? Lo nuestro es imposible - dijo, mientras se ponía de pie.
La cabeza de Ricardo parecía que iba a estallar. Estaba confundido, todo le daba vueltas.
- No comprendo. Siempre nos hemos amado -la tomó fuertemente por los brazos - ¿En qué te he fallado? ¡Respóndeme! - gritó, a la vez que la sacudía enérgicamente.
- En nada- respondió con una tranquilidad que estremecía- Sólo comprendí que el "nosotros" no existe, no soy lo que tú esperabas. De ahora en adelante, ya nada será igual.
- Pero - titubeó Ricardo, al mismo tiempo que se enjugaba las lágrimas con su pañuelo- ¡Yo te amo! ¡No puedes hacerme esto! ¡No lo permitiré!
Victoria se dirigió al pequeño bar que había en la habitación y sirvió dos tragos de whisky. Le entregó uno al ofuscado hombre y tomó un sorbo del suyo.
- Tranquilízate. Ambos somos culpables. Con el tiempo nos fuimos convirtiendo en los criminales del amor. Ahora es tarde, nuestro tiempo terminó. Lo siento.
La mujer se dirigió hacia la sala y a los pocos segundos, Ricardo sintió un portazo que indicaba que Victoria no sólo se había marchado de la casa, sino también de su vida.
- ¡Vicky! - gritó en vano. Casi al instante, comprendió que ya nada podía hacer. Eran demasiado distintos para permanecer juntos.
- Murió el amor, murió el amor - repetía continuamente, con la mirada perdida y con las lágrimas resbalando por sus mejillas. - Murió el amor.
viernes, 5 de septiembre de 2008
El Corazón Púrpura
Fue hace muchos años. Miguel era un joven latino que serviría en Vietnam. Pensaba que su participación en esa guerra era en vano, pero necesitaba obtener la admiración de su padre y la defensa de un honor, que según sus propias palabras, jamás le sirvió de nada.
Lo único que le dejó esa estúpida guerra fue una profunda herida emocional, un Corazón Púrpura y un sin fin de recuerdos. Una de las constantes imágenes que siempre llegaba a su memoria era que jamás se separaba de su Polaroid, su magnifica cámara fotográfica instantánea, una maravilla para la época y que se convirtió en su única distracción durante su participación bélica.
Un día, en la taberna de Yon - Kow, estaba con sus compañeros tomándose una cerveza y conversando alegremente. Peter, su compañero de litera, no paraba de contar las travesuras que hacía cuando era niño. Las risas estremecían el lugar, cuando de pronto, se escuchó una explosión y encendió la cámara.
Todo fue muy rápido. Los soldados permanecían en el suelo. Richard, uno de ellos, fue el primero en hablar: "El escenario - tragó saliva- la bai... la baila... la bailari..na - tartamudeó, mientras señaló los restos de sangre en el piso. La escena era terrible, pero los comentarios de sus otros compañeros fueron peores.
"Se lo merece. Esa perra vietnamita no quizo revolcarse conmigo anoche", profirió Jhon. "Contigo sí. ¿Verdad Miguel?. El joven no respondió, le dio un golpe a la mesa y se marchó. Hoy, después de tantos años, le duele evocar el recuerdo de Yumitzu, la hermosa bailarina que horas antes de su muerte le había dado la mejor noticia de su vida: estaba esperando un hijo suyo.
Miguel ya no puede llorar, aprendió a vivir con sus profundas cicatrices y con el mayor reconocimiento que le pudo hacer Estados Unidos por participar en esa inútil guerra: un Corazón Púrpura, que le recordaba no sólo sus heridas físicas, sino también las de su propio corazón.
miércoles, 3 de septiembre de 2008
El viaje hacia el amor
El mundo en el que vivimos es un verdadero desastre. Nos movemos a un ritmo tan acelerado que pareciera que 24 horas no fueran suficientes para un día. Todos estamos caotizados y Ernesto no escapa de esta absurda realidad.
La vida de este hombre giraba alrededor de su trabajo y hoy, precisamente hoy, iba a llegar tarde. Salió de su casa a medio peinar y no tomó su acostumbrada taza de café. Bajó las escaleras de su edificio de una manera apresurada y corrió a la parada de autobuses porque su automóvil estaba en el taller: no había dudas, sucedió una ruptura en su intachable rutina.
Las horas parecían correr veloces. Las 8 y 30 y todavía no había abordado ningún transporte. No podía darse el lujo de llegar tarde, así que tomó una mototaxi para no perder más tiempo. Por fin llegó a la macro estructura empresarial: las 9, se había retrasado 30 minutos.
Marcó instintivamente su tarjeta y se dispuso a subir en el ascensor. Por suerte no existía ninguna fila para entrar. Suspiró. Cuando pasó pulsó el botón con el número 16 y rogó para que no se parara en ningún otro piso.
Sus plegarias no fueron escuchadas y precisamente en el piso 15, entró una mujer. Los segundos parecían horas, sólo faltaba un piso y no terminaba de llegar. Cuando por fin se detuvo en su destino, las puertas del ascensor no abrieron.
La angustia se apoderó de Ernesto. El pobre hombre comenzó a sudar copiosamente, no podía evitar el temblor de sus húmedas manos. El tiempo pasaba muy lentamente. "¿Y si anochece: qué haré?, se preguntó mentalmente.
La fémina, al ver la exagerada reacción de su acompañante quizo seguirle el juego y comenzó a gritar histéricamente. En el fondo también estaba nerviosa y tenía la esperanza de que alguien pudiera escucharla desde afuera. Fue inútil. Ahora los dos sudaban.
Cuando parecía que nada podía ser peor se apagó la luz. Ernesto no pudo contenerse y comenzó a reirse como un demente. La mujer pensó que estaba enloqueciendo y en un esfuerzo por tranquilizarlo, golpeó cada una de sus mejillas, claro que él reaccionó, por lo menos dejó de reir.
Sin embargo, la respuesta no fue la esperada, porque el hombre, sin pedir permiso alguno, la tomó entre sus brazos y la beso fugazmente. Ambos sintieron un desagradable vacío en el estómago, pero no fue por el ósculo, sino por la velocidad a la que descendía el elevador.
Los dos pensaron que ese sería el final. Ya no tendrían que preocuparse por llegar tarde, pero de manera inesperada el ascensor se detuvo en el tercer piso y abrió sus puertas. En ese instante la miró y expresó: ¡Dios, que hermosa eres!
Luego de su inexplicable frase, miró el reloj, las 9 y 10 de la mañana. Se echó a reir divertidamente, ahora tendría que subir por las escaleras. No le importó. Al menos estaba vivo y, sin pensarlo mucho, Laura sería su nueva asistente ejecutiva.
lunes, 1 de septiembre de 2008
La desesperación de mi encuentro
El viaje fue largo, pero no me sentía cansada. No se si fue por la pequeña siesta que tomé durante el vuelo o porque estaba ansiosa de volver a casa. Desde el momento que aterrizó el avión comenzó mi inquietud. Cuando entré al terminal aeroportuario comencé a buscarlo, no logré verlo por ningún lado.
Quizás, en mi terrible desespero no logré distinguirlo entre la avalancha de personas que venían hacia mí. Decidí no esforzarme en vano y me paré cerca de una colorida tienda, que sin duda alguna atrapaba la atención de cualquiera que pasara por el frente.
Las horas pasaron como veloces rayos. Definitivamente, él no iba a llegar. Abordé un taxi, mi única esperanza era encontrarlo en nuestra acogedora casa.
Durante el trayecto, el conductor, que por cierto se parecía a Bart Simpson, me miraba con curiosidad. Por supuesto que lo ignoré, no quería pagar mi mal humor ni mi tristeza con él. Por eso me limité a mirar por la ventanilla del auto. Parece increíble, pero por primera vez pude notar lo hermosa que era la ciudad.
Estaba maravillada de los enormes edificios, de las aceras llenas de gente multicolor, además de la belleza verde que la adornaba. Sólo en ese instante, me di cuenta que la metrópolis no era sólo concreto sino que era vida.
Por fin desperté de mi letargo. Había llegado a la familiar fachada blanca, cargada de jazmines y lirios. Nada había cambiado. A pesar de los cinco años que permanecí alejada de ella, continuaba igual, por lo menos así lo percibí.
De pronto me percaté de que él estaba allí. Mi corazón comenzó a galopar como un potro salvaje. Lo observé un poco más delgado y con unos años encima, se nota que no pasan en vano, pero conservaba su misma mirada, triste pero llena de amor.
Me abalancé en sus brazos y pude percibir su inconfundible olor. Esta vez nada nos volvería a separar. En ese pequeño instante sentí toda la fuerza de su pasión y la confirmación de un amor que jamás sucumbiría a la monotonía ni a la costumbre.
lunes, 28 de febrero de 2000
Mi mejor discurso electoral
Era un poco más de las nueve de la mañana cuando comenzaron a llegar las primeras personas. La enorme tarima ya estaba instalada, con sus cajas oscuras y estridentes a cada lado de sus tablas. Por la gran avenida no transitaban los desesperados automóviles, ni se podía aspirar el contaminado aire que diariamente tosen.
Tampoco se escuchaban los molestos sonidos de los motores viejos. Ahora los oídos eran lastimados por las chillonas y desafinadas cornetas, propias de la impaciencia.
Al mediodía el calor era insoportable. El hambre y la sed eran los huéspedes puntuales de cada uno de los que allí se encontraban, un perrocalentero era el salvador, el postre, un granizado de tamarindo, acompañados, por supuesto, de una música alegre.
La tarde transcurrió rápidamente y en un abrir y cerrar de ojos ya eran las tres. Una tormenta de artistas, periodistas, vendedores, militantes políticos, curiosos y un sin fin de personas más, cayeron sobre el lugar.
La mezcla de ritmos permitía la presencia de gente variada, desde el chamo que se recargaba con la "gasolina" hasta el abuelo que evocaba los "techos de cartón", de su añorada juventud, pasando por la dama que "enfurecida" zapateaba en el concreto de la plaza.
En medio de la fiesta, a eso de la siete, llegó la estrella que todos esperaban. Con su cabello recién peinado, bien perfumadito y con su camisita de siempre. No fue a cantar ni a bailar como los demás, pero sí declamó sus planes de gobierno y sus promesas, claro, acompañado de su gran amigo de campaña.
Poco a poco el cansancio invadió al público, pero Dios estaba de parte del invitado de honor y como regalo especial, cayeron unas pequeñas gotas que refrescaron a todos. El gran espectáculo llegó a su fin, la noticia estaba lista, el sueño los vencerá y ayudará a reponer las fuerzas, porque mañana, en el mismo lugar, estará otro invitado.
Quizás no lo acompañarán los mismos cantantes ni público, pero sí los mismos periodistas, perrero, vendedores de granizados y hasta el discjockey. La diferencia principal será el tono de voz para hacer la declamación y por supuesto el discurso, aunque el propósito será el mismo: continuar con una exitosa campaña y obtener votos para la próxima contienda electoral.
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